Impresión de pantalla del diario hondureño La Prensa.

Impresión de pantalla del diario hondureño La Prensa.


Nueva crónica de Alejandro Fernández Ludeña -esta vez desde Tegucigalpa- gracias a Pablo Espinoza.
Como a las 10 de la mañana saltó la noticia. Quizás algunos la veían venir pero a otros nos pilló completamente desprevenidos. Como se dice en Honduras, no es lo mismo verla venir que tenerla delante. Después de una semana donde el aparato golpista, a través de los candidatos a las elecciones, había reforzado sus posiciones de intransigencia ante al mediador Arias, estábamos pendientes de la reunión que éste sostendría en la tarde con Hillary Clinton. Pocos esperaban que hoy lunes los acontecimientos dieran un giro inesperado, con el regreso de Mel Zelaya al país. El olanchano lo hizo a su estilo, sorpresivamente, dando un golpe de efecto que tanto entusiasma a sus seguidores.

Estaba con el comunicador audiovisual Gerardo Martínez en una cafetería de la colonia Palmira, cuando una amiga nos llamó para decirnos que corría el rumor de que el presidente depuesto había entrado en la noche al país, había llegado por la mañana a Tegucigalpa y se encontraba protegido en la Casa de las Naciones Unidas. En un primer momento nos mostramos escépticos. Los rumores políticos son parte de la cotidianidad desde hace más de 80 días. No obstante, rápidamente nos desplazamos a esa sede, donde nos encontramos ya con un nutrido grupo de personas que hacían sospechar que la noticia fuera cierta. Eran la avanzadilla de una sorprendente multitud que minuto a minuto fue arribando a las puertas de Naciones Unidas cargada de banderas y pancartas. Media hora después, el departamento de Estado de los EEUU confirma la noticia. Tras 85 días, Mel Zelaya ha regresado a Honduras, de donde fue sacado por la fuerza en su propio avión presidencial.

La alegría se torna incontenible. Un hombre sin afeitar, con la apariencia de ser un poblador de los suburbios o un labriego venido del interior, nos mira con cara de incredulidad: “Les ganamos, no lo puedo creer… les ganamos”. Se agarra la cabeza como para terminar de demostrarse a sí mismo lo sorprendente que le resulta haber derrotado a los que siempre se han mostrado invencibles. Aun cuando esta victoria se tornara pírrica, esta sensación de triunfo que llega al corazón de tanta gente es algo que no se puede menospreciar. Hay personas sencillas que tienen casi tres meses resistiendo en las calles y mostrando públicamente su oposición al golpe de estado. Probablemente es su primera victoria en la plaza pública, y eso supone un baño de autoestima difícil de imaginar. Más tarde nos daríamos cuenta que era pronto para celebrar; que la batalla aún se estaba librando y que las espadas siguen en todo lo alto.

Como sucede con frecuencia en acontecimientos sobrecargados de emotividad, el mínimo rumor se convertía en noticia y corría de boca en boca al instante. En medio de aquella manifestación de alegría se decía que Micheletti había sido sacado del país a las dos de la madrugada; que Romeo Vásquez, el jefe de la Fuerzas Armadas también había “caído”; que a las dos de la tarde Mel hablaría desde casa presidencial. Estas noticias caían entre la multitud como chispas que prendían la algarabía y la tornaban por momentos incontenible. Poco a poco el espacio se nos achicaba y casi no podíamos sostener la cámara con que tratábamos de inmortalizar el momento.

Hemos visto a campesinos abrazarse entre lágrimas; a mujeres humildes desgañitarse gritando contra los militares; a ancianos sin poder contener la alegría reprimida durante semanas. Pronto aparecieron carros cargados de parlantes desde donde se emitían canciones de celebración que los presentes coreaban y hasta bailaban. Sonó de todo: desde el ‘Nos tienen miedo’ que es ya un himno hondureño, hasta una versión remozada para Zelaya del Jefe de Jefes de Los Tigres del Norte. También aparecieron más banderas. Entre ellas las del partido liberal, quien amenaza con capitalizar todo este movimiento para remozar el bipartidismo. Mucha gente en el movimiento popular considera que esta alianza táctica con un sector de lo más rancio de nuestra política vernácula no es más que una utilización que resulta conveniente y de la que luego se podrán desprender. ¿Por qué no lo contrario? En realidad, sería lo más normal. Que sea la clase política, más versada y más poderosa, quien utilice a los ciudadanos bienintencionados y no a la inversa.

Es inevitable sentir temores ante el rumbo que tomen los acontecimientos y sus consecuencias para los más pobres, pero es imposible no sentirse arrastrado por la emoción del momento y contagiarse de la risa y el entusiasmo de los presentes. Mucha gente se acerca a uno para abrazarlo, para darle la mano o para decirle con cierta candidez: “Sí se pudo”.

Al mediodía se anuncia que Zelaya no está en ese edificio y se confirma que está en la Embajada de Brasil, a 200 metros de donde estamos. La multitud comienza a moverse. Imposible saber cuánta gente hay, pero no menos de cincuenta mil. Si sigue creciendo, piensa uno, y empiezan a llegar personas del interior del país, se pueden llegar a congregar cientos de miles de personas, lo que constituiría una amenaza enorme para el régimen golpista que, a estas horas, ya sabemos que continúa en su sitio.

Quizás por eso, en la primera cadena nacional de la tarde, se nos anuncia un toque de queda de una duración sorprendente. Constituye en realidad un encierro para todo un país. A pesar de que ya son las 3:30 cuando se hace oficial el comunicado, el toque abarcaría de 4 de la tarde a 7 de la mañana en todo el territorio nacional. Todos y todas para casa. ¿Se moverán los miles de simpatizantes de Zelaya que a estas horas continúan frente a la embajada de Brasil? ¿Marcharán todos sobre Casa Presidencial y sacarán de allí a Micheletti? Nadie sabe qué puede pasar en las próximas horas. El primer encuentro de Mel con la población, transmitido por el canal 36 de televisión resulta un baño de multitudes. Da la impresión de que si este hombre ordena a la muchedumbre que arrase la capital, lo hará entre voces de júbilo.

Viendo a Rassel Tomé, el ex candidato de Micheletti y hombre de Rosenthal Oliva, dirigiendo a los manifestantes, uno piensa que todo está ya cocinado. Pero quizás no. La incertidumbre cae sobre nosotros antes de que el día empiece a oscurecer. A las cinco de la tarde, Micheletti nos regala una segunda cadena nacional. Rodeado de todo su equipo, de los diferentes poderes del Estado, y de esa parte de la sociedad civil que lo ha acuerpado desde el primer día, anuncia que nada cambiará este nuevo movimiento de Zelaya. ¿Será verdad que no hay negociaciones por debajo de la mesa? Pide a la embajada de Brasil que entregue a Mel a las autoridades hondureñas para que sea juzgado como corresponde. Con todo, el nerviosismo entre los que ostentan el poder es notorio, a pesar del maquillaje. Según el corresponsal de Reuters, el gobierno de Micheletti considera inaceptable que Zelaya llame a la movilización desde la embajada de Brasil y culpa a este país de los disturbios que se pudiera producir. Un empresario, aquel Facusse que se quedó sin visa, se atreve a sugerir que puesto que Brasil no reconoce este gobierno, no estamos obligados a respetar la inmunidad diplomática de su embajada.

Ha caído la noche y es difícil acceder a más noticias. La ciudad esta previsiblemente militarizada y nadie puede salir a comprobarlo sin exponer su integridad. Aunque sabemos que muchas personas guardan vigilia frente a la embajada brasileña. El canal de televisión contrario al golpe ha salido del aire. Las comunicaciones vía teléfono celular han sido cortadas. No sabemos qué movimientos se están preparando de uno y otro lado, pero es evidente que este regreso al silencio forzado, el miedo y la esperanza vuelven a aparecer con fuerza. Como me comentaba el periodista Manuel Torres, a quien encontré esta mañana entre la multitud, las próximas 72 horas son decisivas para la solución de la crisis y quién sabe si para el futuro de Honduras.

Una de las cosas que más nos preocupan en estos últimos días es la profundización de la falsa polarización. Lo más terrible es que a medida que las posturas se van extremando, las voces más equidistantes de Micheletti y de Zelaya son silenciadas. Muchas personas son acusadas de golpistas por el simple hecho de reconocer en Mel un político caótico, o advertir que en su gobierno había corrupción. No podemos permitirnos señalar a Doris Gutierrez o a Matias Funes de golpistas, porque mantengan posiciones diferentes a las de la resistencia. Ellos y ellas, con toda una vida a sus espaldas de compromiso real con los intereses de las mayorías, son pieza fundamental para construir una alternativa a la elite político empresarial que maneja este país. No lo son en cambio los periodistas David Romero y Eduardo Maldonado, o tantos otros políticos corruptos que se han unido a la resistencia. Hay quien piensa que en estas condiciones es mejor esperar a las elecciones. Otros pensamos que necesitamos a Mel Zelaya aquí para retornar al orden legal y comenzar una nueva historia. Ojalá no nos dejemos enredar en medio de toda esta confusión. Ningún caudillo será nunca una solución, ni ninguna Constitución por bien hecha que esté, podrá sustituir a una ciudadanía educada y participativa. Esperemos que esta crisis nos ayude a forjarla.

A las ocho de la noche, más noticias van tejiendo un panorama sombrío. Una tercera cadena nacional anuncia que el toque de queda se extiende de 7 de la mañana a 6 de la tarde del día martes, en todo el territorio nacional. Es decir, siete millones y medio de persona hemos sido secuestrados hasta nuevo aviso. Por otra parte, Sosa Coello anuncia en la OEA que Mel Zelaya abandona el Pacto de San José, es decir, renuncia a esa vía dialogada. ¿Estamos prontos al final de este episodio histórico o es el inicio de un mayor caos que puede conducir a un enfrentamiento violento entre hondureños? La situación no parece tener salida a estas horas de la noche. Así vivimos este día, uno de los más contradictorios desde que el 28 de junio la clase política hondureña demostró su menosprecio por los principios democráticos y sumió a este país es su mayor crisis contemporánea.

Fernández Ludeña, consultor español, fue director de Radio Progreso de Honduras, emisora de los jesuitas.

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