Otra contribución del consultor español Alejandro Fernández desde El Progreso, Honduras.
La tensión política ha subido aún unos peldaños este sábado 4 de julio, primera fiesta nacional de los Estados Unidos en que la clase dominante no acude a los jardines de la embajada norteamericana para brindar por la independencia del país del norte. La resaca que deja la visita de Insulza está cargada de significados.

Marta Lorena de Casco, conocida hasta ahora en Honduras por su defensa fundamentalista de preceptos morales de signo conservador, se perfila también con intolerancia en el campo diplomático. Anuncia la salida de Honduras de la OEA y lanza unas graves acusaciones contra esta institución y su secretario general, que más se asemejan a un pleito de peluquería de barrio que a una declaración política.

Pero las palabras más desalentadoras de la jornada nos llegan de boca de quien durante la última década ha sido reconocido unánimemente como una de las voces más respetadas de Honduras e incluso del continente. El presidente del Congreso español, el católico José Bono, se sorprendía estos días del silencio del Cardenal Rodríguez ante la crisis. Efectivamente seis días ha tardado el arzobispo de Tegucigalpa en salir del armario. Y lo ha hecho para avalar el golpe de estado en su esencia y en sus formas. Sus palabras no dejan lugar a la ambigüedad al afirmar que “las instituciones del Estado democrático están en vigencia y que sus ejecutorias en materia jurídico-legal han sido apegadas a derecho”. Sólo el modo en que se han producido estas declaraciones sería impropio en un estado de derecho, que obviamente hoy no tenemos.

Su comunicado fue retransmitido varias veces en cadena nacional, es decir, en un espacio pagado e impuesto por el Estado y al que todos los medios de comunicación, sin excepción, tienen la obligación de conectarse.

Las palabras del Cardenal han caído como un balde de agua fría sobre la población que se opone al golpe, aunque también ha espoleado los ánimos, alimentando una polarización sin precedentes en la historia reciente de Honduras. Ahora ya no caben dudas, el régimen de facto se enroca y no cabe esperar un giro de los acontecimientos en virtud del diálogo. El Cardenal no volverá nunca a ser el carismático personaje al que escuchaban con respeto 7 millones de hondureños, admirado en el mundo entero por su discurso político ponderado e impecablemente democrático. Quizás esa dudosa virtud tienen la crisis: desenmascarar a quienes ya no podrán seguir nadando entre dos aguas.

Tampoco Honduras volverá a ser la misma. Las manifestaciones en la calle que hoy se han producido han sido multitudinarias. Habría que remontarse al año 54, con la gran huelga bananera, para establecer un paralelo histórico. En Tegucigalpa, la afluencia a las manifestaciones no ha cesado de incrementarse desde el pasado martes. Algo similar se puede decir de San Pedro Sula, capital industrial del país, y de El Progreso. En esta última ciudad, cuna de Roberto Micheletti, se han escuchado las consignas más duras contra el presidente de facto, evidenciando la poca popularidad del que ha sido por 28 años diputado vitalicio del Congreso de la República, utilizando su cargo para crear en esta ciudad una red clientelista que hace de la democracia una quimera.

Jocksan Flores, joven pero experimentado locutor, dirige en Radio Progreso esta mañana un programa especial de gran calidad. Se invita a la calma, pero sin renunciar a los principios de libertad, democracia real y equidad social que caracterizan a esta emisora desde su fundación. Impresiona pensar en el excelente trabajo que su personal está realizando bajo una presión fuertísima, rodeados de intimidaciones e incomprensiones. Ellos saben que están en la lupa de los militares, pero en nada se les nota.

Jocksan ha escogido a Ghandi esta mañana como un personaje ejemplar: “Lo que se obtiene con violencia tiene que mantenerse con violencia”. Frases como éstas y otras similares son aportadas por los oyentes como un rosario de citas inspiradoras que contrastan con las groserías que se escuchan en otros escenarios. Sin ir más lejos, la banda sonora de los partidarios de Micheletti en su manifestación de ayer era una vieja canción hondureña de indudable mal gusto: “No hay otro pueblo más macho, que el pueblo catracho, del cual vengo yo”. Como lo oyen.

En horas de la noche, todos estamos esperando las noticias de CNN, que es en estos días nuestra ventana televisiva al mundo; la que nos permite romper en parte el cerco informativo en que nos encontramos. La OEA está reunida y nuestra expectación puesta en su resolución tras el informe de Insulza.

Pero la mayor expectación la genera, como es lógico, la anunciada llegada de Zelaya a Honduras prevista para mañana. En las actuales condiciones, los disturbios que este acontecimiento podría conllevar son sencillamente impredecibles. Todos coincidimos en un temor común. Honduras es hoy un polvorín, con un ejército perfectamente preparado para intervenir, con un asesor militar del gobierno adiestrado en los años más duros del militarismo anticomunista, con un presidente que pierde los papeles con una facilidad pasmosa, con una población que día a día crece en su enfado y que se siente manipulada al tiempo que inusitadamente fuerte… Si alguien arroja un fósforo a este polvorín, nadie sabe qué puede pasar. Lo que sabemos es que las listas negras de ciudadanos agitadores han empezado a circular por las postas de policía. Y nos tememos que si la violencia se desata no será nada fácil volver a contenerla. Existe temor en Honduras a estas horas.

Las posibilidades de que esta crisis tenga un final feliz, o al menos esperanzador, parecen alejarse en esta noche. Y uno se pregunta por enésima vez que estirpe de políticos es esta que consiente en exponer la vida de sus ciudadanos y ciudadanas con tal de no ceder sus privilegios privados, blindados desde hace 30 años, por no irnos más atrás. Porque son estos privilegios y no la democracia, los que han puesto en marcha esta opereta que causaría hilaridad si no comprometiera el futuro de millones de hondureños.