Crónica del 1° de julio de Alejandro Fernández, ex director de Radio Progreso de Honduras, emisora de los jesuitas. Agregué titulares, no existen en el texto original. Aborda el aislamiento económico que sufre el país y el ansia de ‘ex oficialismo’ de aprovechar el último año de gobierno.

Arrecia desde primeras horas de la mañana una campaña orquestada en los medios de comunicación donde se señala de corrupción a funcionarios del gobierno anterior y se anuncia su detención. Con inusitada celeridad, Tribunal Superior de Cuentas, Ministerio Público y Jueces están actuando contra algunos de los funcionarios que se lucraron ilegalmente junto a Zelaya.

Uno de ellos es Marcelo Chimirri, primer ministro de comunicaciones del gobierno Zelaya, quien hace 18 meses fue defenestrado en una operación en la que la policía allanó su propio domicilio. Así han sido algunos de los ministros estrella de Mel. Otro de sus colaboradores más cercanos, el titular de exteriores Milton Jiménez, fue suspendido de su cargo tras pelearse a golpes con un policía que quiso detenerlo por conducir por las calles de Tegucigalpa en estado de ebriedad. La imagen de Mel Zelaya en pijama, su aspecto de hombre civilizado víctima de la barbarie, que nos muestra estos días la tele, no debería hacernos olvidar los despropósitos de algunos en su equipo de gobierno.

Es más que probable que sean ciertas las acusaciones que se vierten hoy sobre sus funcionarios, y hasta se queden cortas, pero es el perverso revanchismo de los vencedores sobre los vencidos el que está operando y no la búsqueda del bien público. El Estado es en Honduras un botín que la plutocracia hondureña se resiste a compartir. Si de algo pecó Zelaya no fue de realizar un giro ideológico, como hoy se le acusa, sino de querer quedarse con todo el pastel, que habitualmente se reparten las grandes familias hondureñas el último año de gobierno a través de un sistema bipartidista que se las sabe todas. En este gobierno interino hay seguramente más corruptos por metro cuadrado que en ningún otro.

Empieza a preocupar a la ciudadanía que va a pasar con el “bloqueo”. El BM y el BID han cancelado los préstamos y la comunidad de cooperantes está también pensando en bloquear sus desembolsos. La reacción del gobierno es también la común en este tipo de situaciones: “resistiremos, porque más importante que pasar privaciones es defender nuestra idiosincrasia. Los de afuera no nos entienden. Tenemos que pagar este precio por librarnos del comunismo”. Parece que a este Micheletti, que no es de muchas letras, algún folleto le ha caído en las manos sobre las felonías militares de los años 70.

Siempre sorprendente el canciller Ortez, quien ha asegurado no estar preocupado por el bloqueo de las fronteras puesto que Honduras tiene salida por el mar y por el aire (¿?). Brillante.

El caso es que la crisis económica golpeó a Honduras duramente en los meses anteriores, afectando directamente a sus dos principales fuentes de divisas: las remesas y la inversión maquilera. Zelaya agravó la situación económica con medidas populistas y arbitrarias, desviando la atención de los verdaderos problemas nacionales sobre el polémico tema de la cuarta urna. Así que ahora, con un gobierno de facto, plagado de incompetentes, y las sanciones económicas de la comunidad internacional, la situación se puede volver catastrófica para miles de familias hondureñas. Ellas son las auténticas víctimas, una vez más, de una de las clases políticas más inmovilistas del continente.

Nos llega hoy un correo con las declaraciones de German Calix, director general de Caritas, desde Buenos Aires. Se defiende antes las acusaciones que algunos sectores hacen a la Iglesia de haber colaborado o transigido con el golpe. Dicha acusación hay que verla en el marco de la polarización que vive el país. La Iglesia ha defendido desde hace meses que Zelaya estaba bordeando la legalidad y no ha querido seguir su juego populista y poco serio, siendo de las pocas instituciones que lo han cuestionado constructivamente.

Nos consta la honestidad intelectual y la clara posición del Padre Cálix y de Caritas Nacional a favor de una democracia auténtica y sus ímprobos esfuerzos por contribuir a construirla. Es sin duda una de las pocas voces que desde hace años construye ciudadanía en Honduras. Otra cosa es que tras el golpe, muchos obispos no están sabiendo posicionarse sin ambigüedades en contra de los usurpadores de la legalidad. Entre ellos destaca el silencio del Cardenal Rodríguez, absolutamente inadmisible a estas alturas. Nadie duda que estamos en una situación difícil y que cualquier declaración tendrá un costo, pero la posición tiene que ser inequívoca. El apego al constitucionalismo democrático debería permitir al Cardenal compatibilizar una dura crítica al mandatario depuesto al tiempo que se niega el reconocimiento a un gobierno impuesto por la fuerza de las armas. Muchas personas en Honduras están poniendo en juego su integridad en estos días, apoyando la democracia, aun sin simpatizar con la política del presidente Zelaya. La Iglesia debería estar a su lado.

En horas de la tarde surge la peor noticia del día. El Congreso aprueba un decreto que consagra el Estado de Sitio, con la anuencia de cuatro de los cinco partidos políticos con representación parlamentaria. Se restringen los derechos constitucionales con que en las próximas horas, el ejército podrá entrar en el domicilio de alguien y detenerlo por más de 72 horas sin violentar la ley. La pregunta que todos nos hacemos cuando falta una hora para que comience el toque de queda es si será simplemente una operación para amedrentar a los “resistentes”, o será el punto de partida de una escalada represiva de insospechadas proporciones. Uno se inclina a pensar que más bien es lo primero, pero nadie lo sabe a ciencia cierta.

Hoy la manifestación en Tegucigalpa en contra del gobierno de facto agrupó a más de cinco mil personas, lo que en Honduras puede considerarse una multitud de manifestantes. La resistencia interna lejos de amilanarse está creciendo. Quizás Micheletti ha decidido dar otra vuelta de tuerca y afianzarse a lo interno, aun a costa de acrecentar su aislamiento. Al fin y al cabo ya hemos visto no es precisamente un estratega que calcule con precisión las consecuencias de sus actos. Consecuencias que por cierto caen y seguirán cayendo sobre un pueblo que merece mejor suerte.