Traducción de la nota de hoy publicada por The New York Times sobre la crisis en el Perú (JFF)

Por Simon Romero
Iquitos— Enfrentado a una crisis forjada a fuego lento, con docenas de muertes al sofocar protestas indígenas la semana pasada, el Congreso suspendió esta semana los decretos que produjeron las protestas debido a los planes para abrir a la inversión amplias zonas de la Amazonía peruana.
Altos funcionarios dijeron que esperaban que esto calmara los nervios y facilitara el camino para que los perforadores de pozos y madereros continuaran sus proyectos.
Pero al contrario, los grupos indígenas profundizan una larga lucha, revelando un movimiento cada vez mejor organizado que puede ser un encendedor para el presidente Alan García. El movimiento parece estar impulsado por una profunda resistencia popular a las políticas de Gobierno, que se enfocan en atraer la inversión extranjera, mientras partes de la Amazonía peruana han sido postergadas.

La creciente influencia del movimiento indígena se mostró el jueves en un paro general que llevó a miles de manifestantes a las calles de Iquitos, la más grande ciudad peruana en la Amazonía, y a ciudades y pueblos diversos en la selva. Las protestas contra el manejo de la violencia por parte de García, en la provincia de Bagua (norte) el pasado viernes, también se realizaron en regiones de la sierra como Puno, cerca de la frontera con Bolivia, y en Lima y Arequipa, en la costa del Pacífico.

“El gobierno empeoró la situación con su degradante imagen de nosotros como pandillas de salvajes en la selva”, dijo Wagner Musoline Acho, 24, un líder indígena awajún. “Creen que podemos ser engañados con una maniobra como suspender un par de decretos por unas semanas y luego reactivarlas, están equivocados.”

La amenaza urgente de los manifestantes —cortar el suministro de gas natural y petróleo a Lima— parece haber amainado, con manifestantes que en parte abandonaban la toma de instalaciones de petróleo en la selva. A medida que la ira crecía, los líderes nativos decían que fácilmente podían intentar cerrar las instalaciones de energía nuevamente para presionar a García.

Otra ola de protestas surge probablemente porque grupos nativos piden que los decretos sean derogados y no sólo suspendidos. Los decretos abrirían amplias áreas de la selva a la inversión y permitirían que las compañías eludan a los grupos indígenas para obtener autorizaciones de exploración petrolera, forestal y construción de represas hidroeléctricas.
En agosto pasado, un intento de detener las iniciales protestas nativas en la Amazonía fracasó en evitar que las retomaran con más fuerza en abril.

Las autoridades dicen que nueve civiles murieron en los enfrentamientos del pasado viernes en una remota carretera en Bagua. Pero testigos y familiares de los manifestantes desaparecidos sostienen que las autoridades están encubriendo los detalles del episodio, y que más nativos murieron. Veinticuatro policías fueron asesinados entre la carretera y una estación de petróleo.

Los representantes de los nativos afirman que al menos 25 civiles, y quizás más, pueden haber muerto, y algunos testigos dicen que las fuerzas de seguridad tiraron los cadáveres en un río cercano. Al menos tres nativos que quedaron heridos indican que recibieron disparos de oficiales de la policía mientras esperaban para conversar con las autoridades.

“El gobierno está tratando de lavarse la sangre de las manos escondiendo la verdad”, dijo Andrés Huaynacari Etsam, 21, un estudiante awajún aquí, quien indica que cinco familiares suyos fueron asesinados el 5 de junio y tres no son ubicados aún.

Altos funcionarios gubernamentales niegan tales denuncias. “Hay un juego de intereses políticos en el cual algunos están tratando de exagerar las pérdidas de vida a su favor,” dijo el ministro de Relaciones Exteriores, José García Belaunde.

Sostuvo que el objetivo final de los manifestantes fue evitar que el Perú aplicara un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, porque uno de los decretos más polémicos que fue suspendido el jueves alinearía las normas peruanas de inversión en la selva con el acuerdo comercial.

“Pero”, García Belaunde insistió, “el acuerdo no está en peligro”.

Así, la respuesta inicial del gobierno a la violencia parece haber incrementado el resentimiento. Un aviso de TV del Ministerio del Interior contenía imágenes de los cuerpos de los oficiales de policía asesinados mientras estaban retenidos por los manifestantes. El comercial decía que los asesinatos era prueba de la “ferocidad y salvajismo” de los activistas indígenas, pero una protesta contra tal representación forzó al gobierno a retirar el aviso.

Las autoridades están esforzándose en entender un movimiento que está cristalizándose en la amazonía peruana entre unos 50 grupos indígenas. Ellos incluyen unas 300 mil personas, que representan sólo casi el 1 por ciento de la población peruana, pero que viven en lugares estratégicamente importantes y ricos en recursos, dispersos a lo largo de zonas de selva ocupando unos dos tercios del territorio peruano.

Hasta ahora las alianzas entre los indígenas de la sierra y los nativos de la amazonía han sido difíciles de lograr, eliminando, por ahora, el tipo de movimientos de protesta indígena amplios que ayudaron a sacar gobiernos en los vecinos Ecuador y Bolivia a inicios de la década.

En contraste con algunos esfuerzos previos para organizar grupos indígenas, los líderes de este nuevo movimiento son indígenas y no blancos o intelectuales mestizos urbanos. Están bien organizados y usan una red de emisoras radiales para intercambiar información en la selva. Luego de que uno de sus líderes más importantes, Alberto Pizango, logró que Nicaragua autorizara su asilo esta semana, otros rápidamente emergieron para articular las demandas.

“No ha habido nada comparable en todos mis años aquí en términos de incremento de conciencia política entre los grupos indígenas”, dijo el sacerdote Joaquín García, 70, quien llegó a Iquitos desde España hace 41 años y dirige el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía, especializado en asuntos indígenas.

“Lo importante ahora”, mencionó, “es lo que ellos decidan hacer con el nuevo poder de negociación que tienen en sus manos”.

El texto original en inglés